¿Cuánto pesaron las redes sociales en el movimiento estudiantil?
Las marchas por la educación, a diferencia de lo que ha sucedido en la mayor parte de las movilizaciones ciudadanas en el mundo (la de los Indignados, las árabes o las protestas en Londres), no han tenido a las redes sociales como protagonistas claves, a pesar de la relevancia del movimiento.
Como el evento más tuiteado hasta hoy en Chile (superando, incluso, a Hidroaysén), ha logrado posicionar hashtags como Trending Topics mundiales, temas claves en el recientemente suspendido monitoreo del gobierno, y ha hecho hervir el avispero en Twitter…Eso para la escenografía. Sin embargo, la realidad también tiene otra lectura. Y la más evidente es que estas herramientas no han sido el conducto clave en la organización de los estudiantes.
Lo principal es que las redes sociales han tenido un rol amplificador, pero no relevante al punto de estructurar el movimiento, a pesar de los altos índices de conectividad de los manifestantes.
Es verdad, en Facebook hay mucho grupos de apoyo. Por ejemplo, los jóvenes de colegios privados que se sumaron a la última marcha lo hicieron -luego de votar- a través de la red social del insoportable de Zuckerberg. Pero aún así, la convocatoria no ha dejado de ser, fundamentalmente, a través de las mismas organizaciones históricas que han representado a los estudiantes mientras que el liderazgo se concentra en pocos y fuertes líderes.
Tres son las características propias de la lógica observada en otros fenómenos sociales: jerarquías horizontales, lazos débiles, y detonantes sorpresivos. Pero aquí vemos todo lo contrario: hay interlocutores fuertes, la unión del movimiento (hasta ahora) es contundente y el gobierno estaba en conocimiento que en junio el movimiento estudiantil iba a tomar una posición dura… no lo dimensionaron, pero sabían que el liderazgo de Camila Vallejo, entre otros dirigentes, y las reivindicaciones terminarían en las calles.
Esto no es Londres, en donde después del asesinato de un joven negro, el pin de una BlackBerry fue el comienzo de una red espontánea que se expandió por la capital británica y otras ciudades.
Ni tampoco Egipto, donde la gente buscó formas de comunicación que en algún momento -pero mucho menos de lo que nos gustaría-contó con las redes sociales.
El ensimismamiento nos hace ver espejismos. Ni siquiera haber convertido el #9deagosto en el evento más tuiteado de nuestra historia entrega volúmenes relevantes. Según datos recogidos y analizados por el Director General del Observatorio Iberamericano de Comunicaciones Digitales, Arturo Catalán (@acatalan), ese día 8.199 tuiteros generaron 14.903 tweets con el hashtag #9deagosto, el doble que para el 4 de agosto. Pero bastante poco relevante, si se considera que en Chile existen más de 850 mil cuentas de Twitter registradas.
¿Pero debemos olvidarnos de las redes sociales o empezar a dimensionarlas desde la vereda del frente? Sólo en parte. Ninguno de los movimientos descritos sería lo que son sin las redes sociales. La viralización de la versión de “Thriller” de los estudiantes (179 mil vistas en YouTube), la capacidad de crear mensajes diversos de rápida difusión y la convocatoria al caceroleo, son algunos ejemplos de la potencia de Twitter, Facebook y YouTube.
Es decir: la capacidad de multiplicar los canales cada uno con un atractivo diferente, envolviendo audiencias diversas ha sido clave para potenciar el movimiento y dar la sensación de control total de la agenda. Por supuesto, los errores del oponente son materia prima que juega con la misma lógica.
La espontaneidad de este fenómeno y la participación de actores anónimos potencian la idea fuerza de las redes sociales cuando los hechos ya han tomado su curso, no antes. En otras palabras, en el caso de Chile, el movimiento estudiantil no necesitó a las redes sociales para generarse, pero sí para dominar la agenda.

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